MIÉRCOLES DE LA II SEMANA DE PASCUA

Fecha: 9 de abril de 2024

En el diálogo entre Cristo y Nicodemo encontramos hoy una idea que ya ha plasmado el evangelista Juan en su prólogo: el juicio que hace Dios en el momento culmen de la historia de la humanidad -eso es la vida de Jesús- no es tanto un juicio legal, sino moral.

Si Cristo hubiera venido al mundo a realizar un juicio legal, basado en el cumplimiento de unas leyes, por muy divinas que estas sean, ninguno de nosotros habría sido encontrado digno de seguir al Maestro. Desde el inicio de su vida pública, es evidente que los discípulos le fallan, a veces de modo estruendoso. Si hubiera buscado una coherencia legal y una vida intachable, elitista, el evangelio habría sido otro.

Esto no significa que a Cristo le de igual lo que hagamos o las miserias que tengamos. Ya lo dice Él mismo en otro lugar del evangelio: la ley sigue vigente. Claro que le importa lo que hagamos, y desea que obremos bien. Pero nos da una visión completamente nueva de cómo orientar nuestro comportamiento: no se trata de poner el acento en el conocimiento de una ley moral y aplicarla a modo en que se aplican las leyes humanas. Una conciencia así formada podría caer en el estoicismo, en el voluntarismo de generar una santidad a base del esfuerzo propio por alcanzarla. Otra cosa bien distinta es que para la educación de la conciencia cuando somos niños, es necesario utilizar ese formalismo legal: se necesita mucho tiempo para que la conciencia amplíe y madure los criterios de actuación.

Lo nuevo que nos da Cristo es Cristo. Es el Viviente por antonomasia. La vida moral consiste en esencia en construir una vida buena, verdadera. Lejos de carecer de una estructura legal, siempre necesaria, evita que caigamos en el legalismo al introducir un elemento único, mayor que toda ley: el amor que Cristo nos tiene. Ese Amor divino es el motor de nuestros actos. Cristo no es una ley, sino una persona viva, que nos da su vida: Alguien que está dentro de mi que ilumina mi soledad y mi pecado. Y su vida es la vida divina, donde gozar de ese intenso amor que todo lo crea, lo perdona, lo redime y lo glorifica.